JAÉN DE BRACAMOROS
Por: Luis Abad Arriaga
¿Qué culpa tengo de que se haya mudado la Dirección de Educación? ¿Tengo la culpa de que, trabajando desde marzo y siendo julio todavía, no me paguen? Para venir desde Guayacán, tuve que molestar a don Ignacio; me fía la pensión, no me cobra del cuarto y todavía lo pico con los cinco soles del pasaje. Y el bendito cheque todavía no sale.
Tengo que ser fuerte, peor aún que la Dirección funciona en dos lados muy separados. Las caminatas de aquí para allá, la falta de desayuno, hacen que sintiera dolorosamente las piedrecillas en mis zapatos fuera de servicio, haciendo que maldiga mi destino, eso de “debe salir para el próximo mes” o “señor vea su caso en la administración” está acabando con mi paciencia.
“¡Usted que se ha creído señor! ¡Acaso cree que yo estoy aquí solo para ver su caso! ¡Oiga, yo tengo cientos de problemas y usted no me va a gritar! ¿Qué no es usted profesional? ¿Qué le enseñará usted a sus alumnos?” increpa con imperio el burócrata al atribulado maestro que está al frente suyo.
Yo solo le digo que no es justo, señor, tengo tres meses sin pago, sin contrato, no se puede vivir así…
¿Qué culpa tengo que el tipo éste ande de mal humor, ¡Malita sea! Por qué me tiene que golpear con el dedo. ¿Cómo quedo con don Ignacio? ¿Qué almuerzo hoy? Y ese dedo me golpea hasta el alma. María… ¿Por qué me dejaste? Lo que me costó la carrera… papá ¿por qué vendiste la finca? Mamá … este dedo me lastima. ¡No me miren!… y este mierda… ¿Por qué grita?
¡Oiga usted! ¿Quién diablos se ha creído?… Dios me está saliendo el indio.
¿No es ese “el Manyute”? Dios si, es él, “el Manyute” el profe de castellano del Braca… ¿Qué tiene profe? Dios, parece ciego, si … está ciego, pobre profe, está peor que yo, qué desgracia, tienes que haber escuchado al cholo de mierda este… pero estás tan limpio, tan pálido. ¿Qué te ha pasado hermano?
En un rincón de ese remedo de oficina, un nervioso hombrecito de mas de medio siglo de existencia, muy pálido, con esa palidez que da la sombra, junto a una menudita mujercita, apretaba un bastón de acerillo hecho a mano, amarillo, seco y brillante. Me imagino una herramienta inseparable, casi parte suya, hasta tallada con sus manos gruesas, callosas, con uñas mal recortadas. Aserranado, cubriendo su cabellera una boina de color verde, rojo y negro, como de músico reggae que deja escapar algunos rulos castaños. Muestra una sonrisa temerosa y permanente, como de: “perdón, hermanos, soy ciego” sus ojos sin vida, casi imperceptibles, dentro de un paquete de arrugas, producto del afinamiento de una visión que se ha ido perdiendo hasta la completa oscuridad, con una barba de tres días, su ropa bien planchada, desteñida, pero limpia
Aquí está su cheque, profe.
La mano derecha soltó el bastón y la blanca y delicada del burócrata depositó el cheque en la del ciego, quién seguramente ya presentía era igual a la exigua cifra del mes anterior, con la que tendría que cubrir la ajustada vida de su familia.
¿Qué te ha pasado hermano? ¿Serás más infeliz que yo, Manyute? ¿Te acordarás de mí? Si yo fui uno de los cientos de malcriados que te daban cólera. ¿Qué sentirás maestro de mi alma? Dios mío, no debo de llorar, aquí no… te acordarás de los verdes oscuros de los cerros nuestros después de las lluvias, o de esos verdes claros de los lechuguinos de arroz después del abono, de los rojos y amarillos de las banderolas del SUTEP, del celeste bracamorino que flameaba los diecinueves de julio.
¿Qué sentirá maestro? Usted que era uno de los más luchadores, oyendo como me grita este tipo. ¿Qué sentirá? Ahora cuando sienta que sus colegas andan con la cabeza gacha, dispersos, desesperados, endeudados. ¿Qué sentirá maestro?
¡Oiga! ¡Déjeme trabajar! tiene que regresar el próximo mes, tengo mucho que hacer, por favor, era la voz del poderoso burócrata que ya se había sentado. Su abdomen cervecero, ya flojo, cubría sus ingles y el pantalón crema a la cadera amenazaba con reventar. Todavía iracundo, inflaba sus venas de las sienes y su nariz mofletuda, colorada como la del “pincho” Paredes, se perlaba de sudor y grasa, sostenía una mirada amenazante, como despidiendo al ahora anonadado maestro que tenía al otro lado del escritorio.
¡Oiga! ¡A usted le estoy hablando! ¡Déjeme trabajar por favor! Seguía repitiendo el burócrata de escritorio.
Ahora, fuera de su ensimismamiento, el maestro, un jovencito de tes morena, con el cabello algo crecido y bien peinado, con un pantalón que en sus buenos tiempos fue “de vestir”, color marrón desteñido y una camisa algo gastada también, a cuadros, en su bolsillo destacaba la punta de un peine y un lapicero barato. Bajo el sobaco, un folder grasoso y una mano en el bolsillo del pantalón. Levantó la vista y se encontró con esos ojos pardos inyectados de sangre y ese dedo que como revolver ahora le apuntaba a la cara nerviosamente.
Tiene que volver, por ahora ya no podemos hacer nada, con voz más baja, ahora el burócrata ordenó al maestro.
Enfáticamente y como para que escuche toda la sala, el profesor solo atinó a decirle:
¡Váyase a la mierda!
Adiós profe de mi alma, no me has visto llorar, no sufras por mí, no cambies la ternura de tu cara. Esto tiene que cambiar, estos desgraciados tienen que desaparecer, ahora entiendo toda la paz que irradias. Solo después de tanto sufrimiento se disipa el rencor, recién ahora comprendo la lucha de mis hermanos, perdóname, de repente no te gustó mi reacción, no te arrepientas de haberme enseñado a ser rebelde.
De la revista AMOJÚ. Jaén agosto 1996