Caminito de Pitayas

Por: Luis Abad Arriaga

Eran Las 10 y 45 de la mañana de un día de febrero, lo sabía porque a cada rato miraba el reloj que, en diciembre, después de la clausura escolar mi viejo me regaló. Había terminado la primaria con buenas notas y me lo mandó a entregar con mi mamá. Te regala tu papá por tus buenas notas hijito, me dijo, entregándome el Olma ya usado pero que lo guardaba para un momento especial como éste, estaba mirándome de reojo sintiéndose contento de ver mi alegría. Tenía ribetes dorados y un fondo blanco, las agujas también doradas con una línea verde en el centro marcaban un casi imperceptible tic tac que llevándolo al oído sabía si necesitaba cuerda, la correa negra de cuero, curvada por el uso le daba un toque de elegancia. Mi madre me lo puso y lo tuve tres días y sus noches como parte de mi piel, lo guardé en una cajita junto a otras cosas que me emocionaban: un LP de los Platers, La Romana de Alberto Moravia, que me había regalado el loco de Gustavo, un tío, hermano de mamá, que no había leído, pero que al ojearla sabía que era casi prohibida para mi edad, pero me gustaba y esperaba el momento y la soledad para degustarla. También había una cadenita de oro regalo de mi abuelita y otras chucherías significativas que guardaba celosamente, resguardando del escudriño de mis hermanos.

A los tres días de la clausura, un día antes de navidad, mi papá nos embarcó en una aventura gravitante en nuestras vidas. Es un terreno que he conseguido en Tambillo, nos dijo explicando escuetamente el destino del viaje. El camión vetusto estaba en la vereda y con ayuda de mis tíos embarcaban lo servible para los tres meses de vacaciones que se venían por delante. Camas, colchones, ropa, una mesa grande, una banca, tres sillas, Pepe, un loro viejo en su jaula, un gato sin nombre y Ringo nuestro viejo, chocho y chusco perro, asustado se pegaba a nosotros también asustados esperando la partida. Subidos en la caseta del viejo camión mirábamos el arranque del carro desde una manizuela y lentamente t5omamosel camino a Tambillo. Con mucha dificultad el viejo camión dejaba en el camino a Linderos, Yanu Yacu, Santa Cruz, Bellavista, Sambimera hasta llegar al soñado Tambillo que no era nada, era un sector de montaña, donde solo se distinguía nuestra choza, donde viviríamos y quedaría grabada por vida los recuerdos más hermosos de nuestra niñez. Mis dos hermanos menores y yo mirábamos a mamá al borde del llanto, pero era la decisión del jefe, vivir en un terreno que iba a mantener a la familia siempre, pertenecía a una hacienda de un señor de apellido Pardo que se había parcelado y colonizado por algunas familias. Terrenos planos, vírgenes con riego del Marañón, todo un porvenir asegurado. La carretera llegaba cerca a las chacras, los que no llegaban eran los carros por lo difícil del terreno, llegando con las justas hasta Sambimera. El trabajo de sacar el canal y tumbar la montaña era muy fuerte, había animales silvestres y aves nocturnas que llenaban de espanto nuestras noches, nos acostumbramos a la precariedad, las visitas al Marañón y nadar en sus brazos, la música de un tocadiscos Denky y un viejo radio Sony servían para soñar. Los fines de semana esperábamos con emoción a papá que traía los víveres desde Jaén o Bellavista, junto a los periódicos y comics que podía, la vida se hacía llevadera.

Un sábado por la noche, papá me dijo que al otro día iríamos a Bellavista a comprar la comida. Hasta Sambimera llegamos caminando, de allí partimos en un camión de carga, estaba todavía muy oscuro, eran las cinco de la mañana, encaramados en el carro atiborrado de paisanos, mucha gente salía a Bellavista o Jaén a proveerse de víveres para toda la semana. Una vez en Bellavista compramos todo lo necesario desde pan, carne, verduras y todos los alimentos para la semana, también medicina en una tienda de un señor gordo en bivirí de apellido Vigo, una vez agenciados de todo, mi viejo procedió a distribuirlos en una alforja grande y costalillos amarrados, lo que me tocó fue una tortura: dos costalillos amarrados a manera de alforja en un nudo grande que me hundió el hombro todo el camino, era el retorno a pie a casa, bien fletados y como se podía comenzamos la vuelta. Vamos a ir por un atajo, me dijo, es más cerca y te va a gustar. En la salida de Bellavista había un molino grande de un señor Juan Salazar desde donde se tomaba el camino de Pitayas. Después de veinte minutos cronometrados por mi Olma, experimenté el espacio más espectacular de mi corta vida, todo el gusto inolvidable del caminito de Pitayas, descargué los dos costalillos, ya estaba cansado, pero más que todo quería apreciar en toda su plenitud lo que me estaba deslumbrando, mi papá treinta metros más allá me miraba sonriendo, su canino de oro brillaba, pesa ¿No? Me dijo, yo sabía que auscultaba el grado de asombro que manifestaba en ese momento, había un olor a cacao, a mango y a frutas indescriptible, el callejón de piñones entrecruzados con lecheras moradas bajo la sombra de inmensos mangos y zapotes hacían del callejón un camino al cielo, las ciruelas al alcance de la mano, naranjas limones en todos los grados de maduración, verde oscuro, verde claro, amarillo rojizo y unas enredaderas con unas flores rojas llenaban toda mi vista. Mi deslumbramiento no tenía par, no sabía por donde empezar a degustar lo que el caminito me ofrecía. -Prueba esto- me dijo mi padre alcanzándome un mango pequeño de un color casi rojizo, es lo mejor de Bellavista, comentó, el sabor muy dulce con un toque a alcanfor, me llegó hasta el cerebro, inolvidable, inundándome una frescura intensa, una suave corriente de aire bajo toda la maravillosa sombra amenguó mi cansancio, nos sentamos a saborear ciruelas que estaban a la mano, el sombrero de mi padre fue la fuente de la delicia, las había lavado en una acequia que cruzaba el callejón. El camino se hizo más llevadero, conversamos de muchas cosas, pareció como que Pitayas invitaba a la relajación. Cuando llegamos a casa después del cariño de mi madre que con su tierna mirada me decía que se sentía orgullosa de que su hijo ya servía para algo, mis hermanos con los periódicos y revistas que había llevado me pedían que les contara del viaje, con las palabras amontonadas trataba de describir la hermosura de Pitayas, quedando en tirarnos la aventura de andar por allí con jebe y todo para traer las frutas que estaban degustando.

Después tuve la oportunidad de andar en dos ocasiones más por Pitayas, definitivamente no igualaron a la primera, pero que importa, en mi mente siempre quedó grabada el asombro y excitación que me causó la primera vez el caminito de Pitayas.

Bellavista despierta en mí un sentimiento especial. El pueblo siempre me pareció viejo, sus casonas antiguas con calles soleadas, de gente callada, cariñosa y muy trabajadora. Me llamó la atención siempre sus leyendas y cuentos, el misterio de su historia, el orgullo de sus hombres, siempre pujantes y pendencieros, sus mujeres bellísimas y sabrosas como sus frutas y la dicha de tener al portentoso Marañón bañando sus tierras, la hace la tierra de ensueño. Los días en la montaña de Tambillo cuando se asentaron los colonizadores me formaron el amor a la tierra que te mantiene y te da la vida, a entender que con sus frutos pudimos hacernos personas de bien, a darnos cuenta que el trabajo del campo es sacrificado, pero te forma como hombre respetando a los demás, queriendo a la tierra y valorando la sencillez y humildad de nuestra gente.

Así como Pitayas es inolvidable, siempre que evoco a Bellavista tengo que sentirme agradecido como lo estuvo toda su vida mi padre, y sentirme feliz de haber departido con mucha de su gente a la que siempre llevaré en el fondo de mi corazón.

Revista “Jaén de Bracamoros” junio 2011

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